Las demencias son síndromes que evolucionan en forma gradual generando deterioro cognitivo en varios dominios, por lo que interfieren significativamente en la interacción cotidiana y el desempeño habitual de las personas que las padecen. Asimismo, el curso de las demencias afecta la vida de los familiares, sobre todo, en el caso de aquellos que ejercen como cuidadores.
En ese sentido, uno de los aspectos más importantes a considerar durante la intervención de los pacientes y sus familiares, incluidos los cuidadores, son las pérdidas que se encadenan durante estos procesos, de las cuáles el fallecimiento del paciente es la última, razón por la que el tema del desapego tiene una especial relevancia en relación con el duelo anticipado y la ruptura de lazos o vínculos afectivos.
Consecuentemente, cuando se habla de pérdidas se hace referencia a la noción de carencia o privación de algo y, por ende, al temor de perder aquello que se tenía. Esta situación, en algunos casos, produce “apegos intensos” o no saludables, que se constituyen en barreras u obstáculos para el logro del equilibrio emocional. De ahí la importancia de “despegarse” o salir de los límites de la certidumbre para aprender de lo imprevisto y de lo desconocido.
Ahora bien, el desapego no debe entenderse simplemente como frialdad emocional al momento de cortar vínculos; por el contrario, implica desarrollar las fortalezas necesarias para darle sentido al presente y, con ello, sanar las heridas. Dicho de otro modo, supone aceptar la realidad y no resistirse a los cambios que esta impone, a partir de aprendizajes que permitan superar los temores.
Lo anterior implica reconocer que en la mayoría de las veces las personas no tienen el control absoluto de las situaciones, por lo que la única opción es aceptar y adaptarse a los cambios requeridos. De esta manera, se genera liberación y capacidad para apreciar el “aquí y el ahora” con la transitoriedad que esto supone.
Con todo, la idea subyacente es comprender la impermanencia de las cosas, es decir, la certeza de que en la vida nada perdura o pueda poseerse eternamente, incluyendo las relaciones personales. Todo cambia, madura, se termina o muere; por lo tanto, es imperativo entender las perdidas y las ausencias como una ley vital de la existencia humana. Por consiguiente, dado que la vida es cambio o movimiento, el desapego permite aprender a asumir esa condición y afrontarla con resiliencia.
En este marco, los familiares y, sobre todo, los cuidadores de personas que padecen demencias, deben aprender a asumir la pérdida en la reciprocidad de la relación, en otras palabras, entender que el vínculo establecido con el enfermo se modificará y con ello los roles que se ejercían, invirtiéndose en la mayoría de los casos (hijos que ejercen como cuidadores de sus propios padres).
Este hecho es fundamental, especialmente cuando se llega a la etapa avanzada de la enfermedad, siendo que en ese momento es significativa la imposibilidad de relacionarse con el enfermo de la forma en que se hacía en el pasado, por lo que los modos habituales deben ser reelaborados.
Lo mismo sucede con las pérdidas en la comunicación —no se logra conectar con ellos de la misma forma—, con las pérdidas en la intimidad y en las actividades del cuidador —modificación del estilo de vida y rutinas—, con las pérdidas en el futuro en común —ya no va a poder realizar lo que se había planeado—. Finalmente, el fallecimiento del enfermo es la última de las pérdidas que se suceden, presentándose en el imaginario de sus familiares y seres queridos ese momento, como un duelo anticipado.
Así, el duelo anticipado es una experiencia que debe ser gestionada de forma muy cuidadosa, en virtud de las profundas repercusiones en el bienestar de los cuidadores y la necesidad de ajuste a los nuevos roles que se deben asumir. Esto implica atender tres aspectos básicos: los sentimientos inherentes al duelo y la aceptación de las pérdidas —tristeza, rabia, angustia y similares—, la reorganización individual y familiar —el duelo anticipado permite modificar roles y resolver asuntos inconclusos— y el desapego gradual para la facilitación de una muerte apropiada.
En resumen, se trata de gestionar los aspectos positivos y protectores del proceso de desapego, teniendo como elemento fundamental al duelo anticipado, haciendo factible la creación de condiciones adecuadas para que las personas comprendan la pérdida como un proceso natural, logrando con esto adoptar los mecanismos de afrontamiento que les faciliten aliviar el dolor y prepararse para la muerte del paciente, además de la restructuración de la vida de los familiares.
©Roberto Chacón Zúñiga
