Las organizaciones mundiales que estudian e intervienen las áreas de salud pública, han llamado la atención sobre el hecho de que cada tres segundos se diagnostica un nuevo caso de demencia en el mundo, y que para el 2050 se espera que la cifra se triplique hasta alcanzar los 152 millones de personas afectadas.
De acuerdo con los datos del informe elaborado en forma conjunta por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el año 2021, el número de personas que vivían con demencia se calculó en más de 55 millones (el 8,1% de las mujeres y el 5,4% de los hombres mayores de 65 años), De ellas, 10,3 millones correspondían a regiones de América. Por otro lado, el informe señaló que entre los tipos de demencia, el Alzheimer aparece como el más relevante, constituyéndose en la sétima causa principal de muerte en el mundo.
La enfermedad de Alzheimer básicamente obedece a un deterioro continuo y progresivo en la memoria, el comportamiento y las habilidades sociales de las personas, que afecta su capacidad para vivir de forma independiente, con el agravante de que no existe un tratamiento que logre curarla o que permita alterar significativamente su evolución. Consecuentemente, en sus fases avanzadas, las complicaciones derivadas de la pérdida grave de la función cerebral (como la deshidratación, la malnutrición o la infección) provocan la muerte.
Las manifestaciones más evidentes de esta enfermedad son en primer lugar la pérdida de memoria, hecho que se asocia con dificultades para desempeñarse en el trabajo y en los círculos de amigos o familiares. Asimismo, a medida que evoluciona la enfermedad, se evidencian pérdidas o déficits en la capacidad para razonar, presentándose problemas para concentrarse y pensar, especialmente cuando se trata de conceptos abstractos (cálculos matemáticos y realización de tareas en forma simultánea) afectando con ello el control de las finanzas, el pago puntual de cuentas o facturas y otras actividades similares.
Posteriormente, el deterioro se manifiesta en dificultades para realizar valoraciones y tomar decisiones o hacer juicios razonables en situaciones cotidianas. Aquí es notable sobre todo, la afectación en actividades rutinarias que requieren el seguimiento de pasos secuenciales, como planear y elaborar una comida o participar en un juego, llegando con el tiempo a impedir la realización de tareas básicas como vestirse y bañarse.
Todo lo anterior, conduce a cambios en la personalidad y en la conducta de la persona enferma que afectan su estado de ánimo y, por ende, su comportamiento (depresión, apatía, aislamiento social, cambios de humor, desconfianza en los demás, cambios en los patrones de sueño, desorientación y pérdida de la inhibición).
De esta forma, la enfermedad genera impactos profundos en las personas que la padecen y en las que interactúan con ella, algunos autores han hecho notar que una vez dado el diagnóstico de la enfermedad, el paciente y sus familiares suelen pasar por cuatro fases hasta llegar a aceptar esta situación en su vida.
La primera de ellas es la negación, argumentando que simplemente la persona solo está despistada. En los cuidadores esta fase pasa rápido, pero para el enfermo no llega realmente a acabar, pues cada día se tiene que enfrentar al hecho de que no se acuerda de nada y decirse a sí mismo que no son más que despistes o el cansancio.
La segunda fase es el enfado, el enfermo se torna agresivo con su cuidador al sentirse insultado cuando se le pregunta por aspectos como su nombre, dónde está o cuántos años tiene, negándose a contestar. En tercer lugar, surge la depresión, sobre todo cuando los pacientes se encuentran solos y no tienen nada que hacer (deambulan por la casa tratando de recordar).
Finalmente, acontece la resolución. Sin embargo, son muy pocos los casos en los que el paciente acepta que está enfermo y que no tiene cura, dado que prefieren aferrarse a la posibilidad de que las pérdidas de memoria sean algo pasajero.
En este marco, se altera la dinámica de las familias hasta el extremo de que en muchos casos el grupo familiar se fragmenta. La vida de todos los miembros, incluso de los que no colaboran, cambia radicalmente en relación con el empleo de tiempo y recursos para la atención de la persona con Alzheimer, la presencia de la enfermedad origina estrés y sentimientos de culpa con respecto al paciente y también en relación a los otros familiares.
En consecuencia, uno de los miembros más afectado es el cuidador principal que se hace cargo del enfermo, aunque otros familiares lo ayuden, ya que al ocuparse de los cuidados, alimentación, higiene, medicación y otros, inevitablemente pierde su independencia. Por esta razón, el rol de cuidador supone conflictos y tensiones, en virtud de que se han de asumir nuevos roles sociales.
Ahora bien, y este es el objetivo central de nuestra exposición, cuando se exploran las metodologías terapéuticas no farmacológicas para la intervención de las personas con Alzheimer, surge la “Terapia de Estimulación Cognitiva (TEC)” como la opción más viable, en la medida en que facilita un tratamiento psicosocial breve, sencillo y didáctico para las personas con demencia, especialmente en las fases leve a moderada, en un contexto estimulante y entendiendo a la persona como un sujeto psicosocial, de forma que la intervención se adapte a sus necesidades e impacte positivamente al paciente, además de su entorno social y familiar.
Este tipo de terapia incorpora elementos como: actividad física, identificación de sonidos o escuchar música, exploración de la infancia, denominación de alimentos, discusión sobre la actualidad, juegos con números o con palabras (individuales o grupales), todos ellos asociados a factores relacionados con actividades que se han abandonado paulatinamente en las dinámicas familiares y sobre todo en los contenidos del sistema educativo.
Con todo, nuestra intención es hacer notar que las metodologías terapéuticas apuntan a elementos que fácilmente pueden ser constituidos como factores protectores o preventivos, a partir de los cuales se podrían crear condiciones para detener el avance de las demencias en las generaciones futuras. En este sentido, proponemos la consideración de dos temas.
En primera instancia, es urgente recuperar el ámbito familiar como el espacio simbólico fundamental para el desarrollo humano, es decir, como aquel espacio social que conjuga elementos como el aprendizaje, el diálogo, costumbres y rituales generadores de hábitos (fomento de valores y sentimientos), además del ocio (juegos de mesa, leer, armar rompecabezas, ver fotos y otros), que construyen y reconstruyen cotidianamente las relaciones familiares, pero que también colaboran con el desarrollo de destrezas y habilidades, tanto físicas como sociales en los individuos, que a su vez se constituyen en factores protectores contra las demencias.
En segundo lugar, se deben intensificar las acciones para reincorporar la enseñanza de la filosofía en el sistema educativo, como una estrategia para fomentar las habilidades de pensamiento crítico (capacidad de entendimiento, razonamiento y comunicación) y con ello las potencialidades o capacidades para el autoaprendizaje (toma de decisiones coherentes, basadas en la razón y conocimientos; convenientes para sí mismo y para la relación con las demás personas), factores que de acuerdo con las propuestas neuropsicológicas y de estimulación cognitiva, tienen una función vital en la preservación o recuperación de las diferentes estructuras de memoria.
De esta manera, se podría; en un futuro próximo, prevenir o al menos retardar con un alto grado de efectividad la aparición de los síntomas, mejorando la calidad de vida de las personas afectadas por el Alzheimer y la de sus familias (especialmente de los cuidadores), considerando aspectos como la cognición, actividades de la vida diaria, la afectividad y el dominio físico-motor.
©Roberto Chacón Zúñiga
