A lo largo de la historia de la humanidad, la vejez como concepto o etapa de vida ha sido objeto de innumerables mitos y estereotipos, que no siempre han configurado una imagen positiva o agradable de los ancianos.
En ese sentido, lamentablemente a partir del renacimiento y sobre todo con el advenimiento de la sociedad occidental del siglo XXI, que generó la prevalencia de valores asociados con la belleza exterior y la inmediatez, se calificó la palabra vejez con expresiones peyorativas, creando con ello un ambiente en el cual la persona anciana o madura es percibida como un sujeto inútil, feo, estorboso e incapaz, razón por la que se han buscado opciones eufemísticas o políticamente correctas para atenuar el impacto negativo, ejemplo de ellas son: “tercera edad”, “adultos mayores” o “ciudadano de oro”.
Sin embargo, ninguna de estas opciones ha logrado reivindicar la riqueza del término anciano, especialmente en lo que respecta su sentido espiritual, dada su conexión con el vocablo latín “antianus”, utilizado para referirse a aquellos que están antes, que van adelante y que; por lo tanto, aportan sabiduría, experiencia y generosidad. De ahí que, al rescatar la noción de anciano, se hace posible considerar la vejez como una oportunidad para alcanzar la serenidad en la vida.
En relación con lo anterior, el término serenidad; que proviene del adjetivo latino “serenus”, permite el enlace de la vejez con espacios “puros, sin nubes”, es decir, sin obstáculos, que producen en el alma humana un estado apacible, que fácilmente puede ser asociado con la capacidad de una persona para actuar de manera racional y moderada en sus acciones, sin dejarse dominar por los impulsos ni por las emociones.
Ahora bien, surgen en este punto dos preguntas: ¿realmente, puede la vejez ser una etapa positiva, apacible y especialmente agradable de la vida?; si es así, ¿cómo puede alcanzarse ese estado? En nuestro criterio, las respuestas pueden ser encontradas en lo que llamaremos la serenidad construida.
La idea subyacente en esta propuesta, es el hecho de que en realidad las condiciones sociales, económicas, emocionales, espirituales y de cualquier otra índole que enfrentan las personas al llegar a la vejez, son el producto; salvo algunos accidentes, de las decisiones que han tomado durante toda su vida. Día tras día, desde la más pequeña e insignificante hasta la más transcendente y reveladora, desde la infancia hasta la adultez, es decir, decisiones de vida.
Dicho de otro modo, es indispensable entender que la serenidad se construye con cada pensamiento, con cada acción, con cada respuesta dada a las diferentes pruebas que aparecen en la ruta existencial, independientemente de la etapa que se esté viviendo. La serenidad se construye al mismo tiempo que la sabiduría, este aprendizaje se obtiene cada vez que una persona se cae y se levanta, evalúa los hechos y corrige aquello que debe ser corregido o reencauzado.
La serenidad, se construye cuando se aprende de las experiencias ajenas; del otro, de los otros, de todos, no importa los resultados que estos hayan logrado u obtenido en sus vidas particulares, se aprende al emular o al rechazar. También, se construye cuando se tiene capacidad para la reconciliación con los aspectos sencillos, pero vitales como la palabra “aún”, aún se tiene…, aún se puede….
En síntesis, la serenidad se construye cuando se entiende la transitoriedad de la existencia y que todo “el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio” (Eclesiastés. 12).
©Roberto Chacón Zúñiga
